El cuerpo del saber | Perfil

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El primer examen oral que rendí fue “Literatura en las Artes Combinadas” (LAC1). Yo era estudiante de Diseño de Imagen y Sonido en la FADU, y en esa época algunas materias teóricas se cursaban en Puán.

Entré a un aula chica y mal iluminada del lado izquierdo del edificio. No conocía a las profesoras que me tomaban y las tenía totalmente a contraluz, eran para mí básicamente dos contornos negros. La noche anterior había estado estudiando a partir de fotocopias. Hasta que a eso de las 2 am mirando la biblioteca sin querer, encontré El Origen de la Tragedia, que por suerte era parte de la bibliografía complementaria. Lo leí entero sin entender muy bien si había encontrado una clave, o me estaba desviando demasiado del programa. Fui a rendir sin pegar un ojo, era la primera vez que me sometía a esa situación y mi cuerpo lo sabía.

Durante 25 minutos solo hablé de Apolo y Dionisio. Me había olvidado de tomar agua, por eso hice gestos raros con la boca y me temblaban las manos. En un momento los contornos sin rostro me dejaron ir.

¿Qué vieron y escucharon estas personas? Esa y otras veces me lamenté por no hacer un registro audiovisual. Pero no una triste cámara oculta: me imaginaba una cámara frontal invisible que pudiera grabar con calidad la escena.

A esos mismos pasillos, una década y un lustro más tarde, llegaba con un equipo que intentaba ser más sigiloso que una sombra, a una mesa de “Problemas de la Filosofía Medieval”. Dos estudiantes habían accedido a ser filmados rindiendo y yo había entendido que la fantasía de la cámara invisible era una manera de pensar el cine.

La curiosidad por los exámenes no quedó en Filosofía y Letras. Quise filmar en todas las Facultades. En Medicina, “Anatomía 1”, los docentes nos sugirieron ir al menos una vez antes de filmar, a ver si soportábamos estar ante cuerpos muertos. Esa materia es un filtro y nunca terminé de entender bien si es por los demoledores “preparados cadavéricos”, o porque tiene tres etapas: imágenes, práctica y teórica, y las tres son orales. Yo creía que solo en carreras humanísticas se hablaba mucho, pero no. En Exactas también, muchas veces se piensan oralmente las formulaciones. Creo que hay pocas cosas más atractivas a la hora de filmar que la cara de alguien tratando de resolver algo mentalmente.

Esa inmediatez entre pregunta y respuesta, sin otro soporte material que el cuerpo, parece la manera más común de examinar conocimientos en las Universidades locales.

En cierto momento empecé a preguntarme, con San Agustín mientras editaba el examen de Filosofía Medieval, si lo que aprende es el alma o el cuerpo. Porque esta apropiación tan física del saber en algunos casos, se parece bastante a la construcción de un personaje, que en el mejor de los casos se hará carne.

Cada carrera define su propio lenguaje y yo creo que los estudiantes en cada examen lo van perfeccionando. No todos notan eso. Quien más lo nota es Jonathan, un estudiante que filmé en la cárcel. En él, el lenguaje “tumbero” había empezado a hacer lugar al académico, con el que parecía bastante fascinado.

Filmé en la cárcel y en ocho facultades el documental Las facultades. La película se fue armando por partes y empezó a pedir cosas. Con tanta acumulación de información, –por primera vez noto que “información” es formación hacia adentro–, empecé a tratarla como un ser vivo, como algo que ya tenía inteligencia propia.

Directora de Las facultades, en cartel en el cine Gaumont (todos los días 19.45) y el Malba (los domingos a las 18).





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